Relatos cortos
O ella o yo

—Lo que vamos a hacer hoy se llama convergencia.
La voz del Dr. Reyes suena apagada, como si fuera tan solo un eco lejano. Empuja la puerta y se da cuenta en seguida de que no hay nadie en la habitación. Ella es la primera en llegar. Esa idea la llena de nerviosismo y también de una leve sensación de resentimiento. Pero es culpa suya, ha sido demasiado puntual. Como siempre.
Un temblor demasiado familiar se adueña de su párpado izquierdo y siente como aprieta los dientes en un gesto involuntario. No quiere rechinar los dientes. Se enfada de inmediato consigo misma y busca con los ojos un lugar donde sentarse. Todo está cubierto de polvo a su alrededor.
Pilar se había prometido a sí misma mantener una actitud de fría indiferencia, pero la mera ausencia de la otra, en ese preciso instante, es suficiente para sacarla de quicio. Llegará tarde, por supuesto, ¡Querrá hacer una aparición estelar! Hacer girar cabezas, y que todas las miradas de los presentes converjan hacía ella cuando cruce el umbral de la puerta. Lo peor es que lo conseguirá, porque siempre lo consigue.
Pilar ya se imagina la admiración que leerá en los rostros de Pablo y Patricia. Sabe también que la pequeña Paula correrá hacia ella con todo el entusiasmo de sus cinco añitos, los brazos estirados hacia delante para ser aupada, pero que solo recibirá en la coronilla dos palmaditas distraídas en vez del abrazo que reclama.
«Entonces yo empezaré a encogerme para luego estirarme; a afinarme hasta obtener la consistencia de un hilillo; un hilillo que se convertirá en vaho y acabará confundiéndose con el humo que se escapará de la punta del cigarrillo de Paloma. Después desapareceré. Los demás se reirán de mí, diciendo que he vuelto a esfumarme, a pesar de que seguiré allí con ellos. Invisible a sus ojos, mero fantasma en los pliegues de la falda de mi némesis», piensa.
¿Por qué ha elegido el doctor aquel lugar? Hubiera preferido que se sentaran alrededor de la mesa de la cocina, o que sacaran sillas al porche. Al menos allí habría podido respirar, porque aquí dentro y a pesar de estar sola aún, siente que le falta el aire.
Está convencida de que, después de la llegada de los demás y sobre todo de la de Paloma, la atmósfera se volverá aún más enrarecida y que acabará sofocada, privada de oxígeno en aquel lugar exiguo donde será difícil caber los cinco.
«Es importante encontrar un lugar neutro, que no tenga especial relevancia para ninguno de vosotros». Eso había dicho el Dr. Reyes. Este sitio no tiene nada de neutro para ella, pero no se atrevió a protestar.
Debería haber dicho la verdad. Debería haber puesto objeciones cuando el médico sugirió el desván, pero entonces habría preguntado e incluso con él, evitaba hablar de ciertas cosas de su pasado. A pesar de haber acudido por voluntad propia a su consulta, en busca de ayuda, se sentía reacia a abordar según qué temas con él.
Ahora, esperando sola en este sitio, le invaden los recuerdos de las largas horas pasadas aquí encerrada. Golpeaba con sus pequeños puños la puerta de madera que su madre cerraba a cal y canto después de empujarla dentro de la buhardilla. Se desgañitaba en la oscuridad durante horas, suplicando clemencia.
Después de la llegada de Paloma, aquellos castigos se hicieron más llevaderos porque se hacían compañía la una a la otra. Pero eso era antes, cuando aún se llevaban bien y no le importaba pagar el precio de las impertinencias y fechorías de su amiga.
De repente le acomete la certeza de que fue ella quien le dijo al médico que aquel era el mejor lugar para celebrar el encuentro. Paloma sabía que Pilar sería presa del pánico aquí dentro, que sería más vulnerable, más maleable, incapaz de oponer mucha resistencia. Ese monstruo quería deshacerse de ella, quería echarla de su propia casa y que se fuera para no volver nunca más. Para conseguirlo, le hacía la vida imposible con pequeñas maldades de todo tipo, maquinando y poniendo a los demás en su contra.
En los últimos tiempos, más o menos desde el inicio de la terapia, las cosas habían empeorado muchísimo entre ellas. Se sentía cada vez más aplastada por la personalidad de Paloma, cada vez más irrelevante, destinada a dejar de existir, a desaparecer poco a poco en las sombras. Mientras tanto, la otra brillaba cada día más, ensanchándose, atrayendo el afecto de los demás como si ella fuese un imán y ellos alfileres esparcidos por el suelo. Con la promesa de ese amor en dientes de sierra, que sabía dispensar en pequeñas dosis, les dejaba hambrientos, cada día más necesitados de su atención y de su protección.
Durante años, las dos habían convivido en un semblante de armonía, si no queriéndose, por lo menos ignorándose mutuamente, vagamente conscientes de que vivían vidas en paralelo, tolerando cada una la presencia de la otra. Pero con la llegada del Doctor Reyes, las cosas habían cambiado. Paloma no soportaba no ser el centro de atención y despreciaba a Pilar por haber buscado ayuda profesional.
Consideraba que ella era el cemento que los mantenía a todos unidos, que no necesitaban a nadie para ayudarles a convivir en aquel lugar, pero el médico no le daba la razón y eso la enfurecía. Este le había dicho a Pilar que tenía que resistir, no dejarse anular por completo, le había hecho comprender que sus deseos, sus anhelos también eran relevantes y que debía defenderse, defenderlos si quería sobrevivir, o más bien empezar a vivir de verdad.
Ella lo había comprendido y había empezado a reclamar más protagonismo, a hacer las cosas a su manera, y eso Paloma no podía aceptarlo. Había dejado claro que una de las dos debía marcharse y que no iba a ser ella.
Ante el cariz que tomaba la situación, el Doctor Reyes había sugerido aquel encuentro, explicando a Pilar que no se trataba de una conciliación, ni de un arbitraje. Se trataba de reunir a los habitantes de la casa y de discutir entre todos la posibilidad de que se fueran a vivir a otra parte. Después de todo, ella era la única persona que podía vivir allí de forma legítima y si había decidido seguir acogiendo a aquellas personas después de la desaparición de sus padres, también podía pedirles que se fueran.
Él había insistido en que lo deseable a largo plazo era que ella fuera capaz de vivir sola, sin depender de otros, y sobre todo sin ser la vasalla de los deseos de Paloma, quien lleva la voz cantante desde hace años. Y si Pilar quiere, más que nada en el mundo, librarse de la presencia de la otra, le aterra la idea de perder a los otros tres. Desde aquel día en el que les abrió las puertas de su casa, ellos son su mundo, no tiene a nadie más. No puede imaginarse vivir sin el rastro de las risas infantiles que va dejando Paula cuando corretea por los pasillos de la casa.
De repente, la idea de esa vida solitaria, sin ellos, la llena de pánico y nota como se le aceleran los latidos del corazón. Ya no puede respirar. Va a morir asfixiada aquí dentro. Tiene que huir, salir de allí. Sabe que no van a venir. Deben de intuir lo que va a pasar y no quieren tener esa discusión. Y ahora ella tampoco quiere tenerla, porque va a perder, porque Paloma conseguirá manipular a los demás, convencerlos de que, de las dos, ella, Pilar, es la que tiene que marcharse.
Se la representa diciendo en tono imperativo: «¡O ella, o yo!» y sabe que la van a elegir a ella. Porque no da la talla, no sabe jugar a este juego y se encontrará sola, de patitas en la calle, sin nada ni nadie. El miedo hace que Pilar gire sobre sí misma como una peonza, buscando la salida, pero en aquella semi penumbra no encuentra el pomo de la puerta.
Empieza a palpar con las palmas la pesada plancha de madera, pero nada, ha desaparecido. Entonces se pone a gritar, suplicando que la dejen salir de allí.
—¡Pilar, Pilar! ¡Escucha mi voz! 5… 4… 3… 2… 1… Abre los ojos.
Sentado en una butaca, frente a ella, el Doctor Reyes la observa con atención, los ojos llenos de una compasión reconfortante.
—¿Qué ha pasado?
— No han venido, he subido yo sola al desván y no han venido. Creía que usted les había dicho que fueran. He estado esperando, pero me han vuelto los recuerdos y me ha entrado miedo.
—¿Qué recuerdos Pilar?
— ¿Quién le sugirió que hiciéramos la reunión allí arriba? Fue Paloma, ¿verdad?
—¿Por qué piensas que fue Paloma?
—Porque sabe que me aterroriza ese lugar y que eso le da ventaja.
—¿Por qué te da tanto miedo ese desván?
No tiene ganas de contestar, tiene la garganta seca y el llanto se le ha atragantado en la tráquea. —Tengo sed. ¿Podría darme un vaso de agua?
Cuando el médico sale de la consulta para ir a por el agua, Pilar se levanta y le da a toda prisa la vuelta al escritorio. Levanta la tapa de la carpeta donde sabe que está su expediente y lee en lo alto de la primera hoja, debajo de su nombre y apellidos, la palabra trastorno. Después dos puntos y tres letras mayúsculas, TID, seguidas de un punto de interrogación. Vuelve a toda prisa a la chaise longue donde estaba medio tumbada unos minutos antes, prometiéndose a sí misma averiguar el significado de esas siglas en cuanto salga de la consulta.
Al sentarse sus ojos se encuentran con el pequeño frigorífico que se encuentra apoyado contra la pared, detrás del sillón de cuero donde el doctor había estado sentado unos minutos antes, y recuerda que el día de su primera consulta le había ofrecido una botellita de agua que había sacado de allí. A Pilar, se le había ocurrido que aquel psiquiatra debía de ser muy bueno y tener muchos pacientes porque la neverita estaba llena hasta los topes de botellitas de agua apiladas las unas sobre las otras en nítidas filas.
Quince minutos más tarde, está de pie en la plataforma del andén del metro, jadeando todavía, con una quemazón en el pecho cada vez que le entra una bocanada de aire a los pulmones, los ojos mirando al vacío, el rostro surcado de lágrimas que resbalan desde sus ojos en regueros sinuosos, a lo largo de las mejillas y le llegan hasta la barbilla. Cuando salió disparada de la consulta el doctor Reyes estaba aún al teléfono y no consiguió alcanzarla antes de que llegara a la puerta. Aún le oye gritando su nombre a sus espaldas, suplicando para que parara, diciendo que quería ayudarla, pero Pilar sabía que debía seguir corriendo, alejarse de allí lo más rápido que pudiera. Al llegar al andén había sacado su móvil y tecleado en el buscador de Google: trastorno TID. Ahora tenía la mente obnubilada por aquellas palabras que giraban en un vals furioso en el interior de su cabeza: TRASTORNO DE IDENTIDAD DISOCIATIVO.
De repente una corriente de aire cálido le golpea el rostro anunciando la llegada del siguiente vagón de metro. Mientras contempla la boca negra del túnel, al fondo del cual dos ojos amarillos van agrandándose más y más, a Pilar se le ocurre que, aunque no ha entendido del todo bien el artículo de la Wikipedia que acaba de leer, puede que haya encontrado una forma de librarse de la otra de una vez por todas.
La cueva

— Bruno, Bruno ¡Espera! ¡No me dejes aquí sola!
Ignorando la voz que suplica a sus espaldas sigue corriendo con toda la fuerza de sus cortas piernas. Esquiva como puede las piedras y raíces que entorpecen su carrera y, a la vez, intenta apartar de su camino las ramas cargadas de hojas y las enredaderas que le arañan el rostro y los brazos al pasar.
En este lugar el bosque tropical es denso y está un poco desorientado, pero piensa que si sigue todo recto llegará a la playa. ¡Tiene que llegar a la playa! Desde allí será más fácil encontrar el sendero que le llevará de vuelta al pueblo.
¿Por qué no le había hecho caso a su abuelo? Él le había prohibido acercarse a esa parte del litoral. Cuando volvían de pescar con la barca y pasaban delante de aquel pedazo de costa, siempre le señalaba aquel lugar con su dedo deformado por la artrosis, y le hacía prometer que nunca se aventuraría por allí, luego le obligaba a persignarse tres veces imitando a las ranas de pila bautismal (así le decía el abuelo con sorna a las beatas de la iglesia cuando se cruzaban con ellas en la misa del domingo). Pero es bien sabido que basta con prohibirle algo a un niño para que el objeto de la prohibición se convierta en una obsesión.
La noche anterior Bruno había recibido el pequeño empujón que necesitaba para desafiar los dictámenes de su abuelo. El grillo, guardián de las tradiciones ancestrales, había venido al pueblo para convocar la asamblea de la memoria. Su abuelo le había explicado que las historias que contaba el anciano no eran meros cuentos. Eran testimonios de épocas remotas, transmitidos oralmente desde la noche de los tiempos de grillo a grillo, de generación en generación. Aquellas historias habían viajado con ellos en la cala de los barcos negreros que habían trasladado a aquellos hombres, mujeres y niños, robados de su tierra de origen por los esclavistas blancos, a esta tierra de sufrimiento perenne.
Aquellas historias les habían ayudado a sobrevivir al horror de la travesía, a la mordedura de los hierros que les tallaban las carnes y al insoportable olor, mezcla de vómito, sudor, sangre y muerte que emanaba al principio de sus cuerpos, y al final del barco entero. Aquel olor que, decían, anunciaba la llegada de los cargamentos de aquellos que los colonos tildaban de infrahumanos, cuando los barcos estaban aún a millas de distancia de las costas de la isla.
A Bruno le encantaban las noches de cuento y todo el ritual que acompañaba el momento en el que el grillo empezaba a pedir la atención de los asistentes a aquella especie de misa pagana.
«¡Yé Crick!» gritaba el anciano, de pie en medio del semicírculo que formaba su publico.
«¡Yé Crack!» contestaban todos al unísono.
«¿Duerme el patio?»
«¡No el patio no duerme!»
Con estas palabras, confirmaban que todos estaban dispuestos a recordar y compartir el dolor de sus antepasados, su sufrimiento en los momentos del rapto, la dureza de los trabajos en las plantaciones, la mordedura de los latigazos o la crueldad de los castigos impuestos a los cimarrones, aquellos negros valientes que se atrevían a intentar escapar.
Sin embargo, la noche anterior el grillo había evocado otras historias: había hablado de aquellos a los que no se pueden nombrar y que habían venido con ellos desde la tierra del origen, disimulados entre los esclavos, en el fondo de los barcos, porque podían cambiar de forma a voluntad.
Había hablado de los soucougnan, aquellos vampiros que pueden tomar la apariencia de una bola de fuego o de una corneja negra; de los dorlis con sus ojos de un rojo incandescente que brillaban en medio de un rostro más oscuro que la noche; de las diablesas, hermosas mujeres con pies de cabra que seducen a los hombres y los arrastran al fondo del bosque; de los mofwasé que toman la forma de perros, pero, sobre todo, había explicado cómo todos ellos buscaban cuerpos humanos para apropiarse de sus almas y convertir a sus dueños en zombis. También había descrito los lugares donde aquellos seres gustaban de esconderse: las cuevas, la parte de atrás de las cascadas, las casas abandonadas donde había tenido lugar una tragedia, y tantos otros.
Más tarde, de camino a casa, y con todos los pelos de su pequeño cuerpo erizados, su abuelo le había dicho: «¿Entiendes ahora por qué no debes ir nunca a la cueva del final de la playa?».
Al despertar al día siguiente, Bruno decretó que era muy mayor para creer en esas historias de ancianos y que no les tenía miedo a sus viejas supersticiones. Decidió acercarse al lugar y explorar los alrededores de la cueva. Tomó el sendero que llevaba a la costa, desatendiendo los latidos acelerados de su corazón de niño de diez años.
Cuando llegó a la playa, allí estaba ella, sentada sobre una roca, con un pequeño cabrito en sus brazos y mirando hacia el mar. Bruno no había visto nunca a aquella niña por el pueblo y pensó en un primer momento que era una niña blanca, por el color de su piel y el color anaranjado de su pelo, pero luego se dio cuenta que su pelo trenzado era tan rugoso como el suyo. Se quedó dudando un rato en la orilla del bosque si acercarse o no a hablar con ella, pero la curiosidad le pudo cuando el pequeño animal empezó a revolverse y la niña le depositó sobre la arena de la playa. El cabrito se quedó inmóvil, mirando a su dueña, inestable aún sobre sus tiernas patas. ¡Era tan bonito, con su pelo todo blanco como el algodón y sus pezuñitas de un negro azabache!
—¿Cómo se llama?
La niña volvió el rostro hacia él y Bruno se quedó hechizado al instante por el color inusual de sus pupilas que parecían casi transparentes. Ella le observó unos minutos, como calibrándolo antes de contestar:
— Aún no tiene nombre, acaba de nacer. Tú, ¿quién eres?
— Bruno.
—¿Y qué haces aquí, Bruno? ¿No sabes que los niños no deben venir aquí solos? — dijo esto último con una mueca de mofa que le llegó derecho a su orgullo de macho juvenil.
—¿Y tú? ¿Acaso no eres una niña?
Ella no contestó, se levantó, cogió al pequeño animal en brazos y echó a andar hacia el extremo prohibido de la playa.
—¡Espera! ¿A dónde vas?
Se dio la vuelta y le miró de nuevo con aquellos ojos medidores, como si intentara evaluar su valentía.
—Voy a ver la cueva. Mi padre dice que es muy bonita y que hay una pequeña cascada y un árbol enorme en la entrada.
—Pues, mi abuelo dice que no hay que ir allí, es peligroso.
—¡Ya, ya! Por los brujos y los espíritus y no se sabe qué más. ¿Tu crees en estas cosas?
Mientras hablaban ella seguía avanzando con zancadas rápidas, un poco por delante de él, y a Bruno le costaba mantener el ritmo. Llegaron casi en seguida al extremo de la playa y se adentraron entre los arbustos. En pocos metros alcanzaron la boca de la cueva y, efectivamente, el lugar era bonito. Había una pequeña catarata de agua que cubría parte de la angosta abertura, y un árbol de ceiba inmenso cuyas nudosas raíces se introducían en esta. La niña entró sin la menor vacilación en el agujero, y él, no queriendo ser menos, la siguió a la saga.
El interior era muy oscuro y sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la penumbra, pero empezó a discernir las paredes. Estaban cubiertas de liquen, mezclado con moho negro, y en el centro de la cueva había una roca gruesa con diversos objetos posados encima. Intrigado, Bruno se acercó a la piedra y se le erizaron los pelos de la cabeza al distinguir las patas de gallo atadas con rugosas cuerdas, los huesecitos de animales y sobre todo el cuenco de madera lleno de un líquido oscuro y viscoso. El grillo había descrito aquel lugar: era el lar de un kenbwasè, un brujo de magia negra.
Se dio la vuelta buscando a la niña para advertirla y lo que vio al levantar la vista le heló la sangre de las venas. Detrás de la niña cuyo vestido amarillo destacaba sobre el fondo oscuro y quien le observaba con aire de burla, a cerca de un metro por encima de su hombre izquierdo, dos ojos rojos le observaban fijamente. Bruno lanzó un grito de terror y echó a correr. Salió disparado de la cueva y siguió avanzando, repitiéndose a sí mismo que tenía que volver a la playa.
Cuando distinguió por fin el azul del mar y la arena negra y fina, empezó a aminorar la marcha y a respirar un poco más libremente. Pero el alivio le duró poco: allí, sobre la misma roca donde la había visto por primera vez, con el cabrito blanco en los brazos, el vestido amarillo ondeando con la brisa y mirando hacia el mar, estaba sentada la niña, esperándole para llevarle de vuelta a la cueva.
Escapar
Un homenaje

¡Estuve a punto de volverme loco!
Todo el día metido en aquella casa, en aquella cama, sin ver nada más que aquellas horribles paredes cubiertas de papel pintado desvencijado, encerrado entre los cuatro muros de aquella habitación. Tenía que salir de allí a toda costa y solo había una forma de conseguirlo.
Él era presa fácil. Un ansioso cuyo nerviosismo le mantenía siempre en precario equilibrio entre la cordura y la enajenación. Hacer que basculara en la paranoia y que hiciera lo que había que hacer para liberarme no fue complicado.
Bastaba con ver la fijeza con la que clavaba la vista en el ojo de cristal del viejo para darse cuenta de que aquella mirada muerta le estaba desquiciando cada vez más. El resto fue juego de niños.
Pelear con aquel viejo cuerpo rebelde para orientar la cabeza de forma que cierto reflejo de luz diera un aspecto aún más vidrioso al ojo. Procurar mantener la vista fija en su rostro cada vez que hablaba con él y observar cómo la locura iba ganando terreno en aquella mente al borde del abismo.
Reconozco que la última semana se me hizo interminable. Tenía ganas de gritar cuando observaba sus tejemanejes y la lentitud exasperante con la que empujaba la hoja de la puerta para asegurarse de que el anciano estaba dormido. ¿A qué esperaba para poner fin de una vez a mi agonía?
Tenía ganas de zarandearle, de chillarle que pasara de una vez a la acción, pero día tras día se contentaba con abrir la puerta y, solo metiendo la cabeza, miraba dentro del cuarto sin luz. Invariablemente, yo notaba el calor de un único rayo de luz que caía sobre el párpado del ojo ciego.
Al final eso me dio una idea y el octavo día conseguí abrir el párpado, y ¡vaya si funcionó! Se abalanzó como un loco y en un abrir y cerrar de ojos, válgame la ironía, todo había acabado. El viejo se despertó, pero en un periquete estaba muerto y descuartizado y yo había cambiado de huésped. Un juego de niños os digo.
El discurso del novio

Les voy a contar el triste cuento de una noche de verano, ocurrido no hace tanto tiempo, y se lo juro: no fue un sueño. Así que les pido paciencia y que me escuchen por solo un ratito, intentaré ser breve.
Fue en una de esas noches del mes de julio en Nueva York, cuando el aire alcanza temperaturas absurdas y hace que tu cuerpo entero se vuelva tan pegajoso como el de una babosa. Como hago a menudo después de un largo día de trabajo, me quité la bata y, ya en ropa de calle, fui al café de la azotea donde me gusta disfrutar de una cerveza antes de volver a mi minúsculo piso en Chelsea.
Dado que era tan tarde, el lugar estaba prácticamente desierto, y al principio pensé que, aparte del camarero, no había otra alma por allí. Entonces las vi: cuatro voluptuosas mujeres tomando margaritas, sentadas en el banco de una mesa, al borde de la terraza. Me dirigí al bar y pedí mi cerveza sin apartar la mirada de la esquina donde estaban, barajando una y otra vez en mi mente la remota posibilidad de triunfar esa noche. Después de todo, no era tan improbable: era el único varón en millas a la redonda, el cielo nocturno estaba lleno de brillantes estrellas y ellas parecían estar ya un pelín achispadas. Pero antes de que me decidiera a lanzarme, la chica de la esquina izquierda en la imagen se acercó a mí y preguntó: «¿Te importaría sacarnos una foto?».
Claro que no me importaba, contesté y allá que fui. Saqué al menos quince fotografías desde
todos los ángulos, hasta que por fin la que llevaba unas preciosas flores en el pelo me preguntó si quería tomarme algo con ellas. Me senté en un pequeño taburete, que parecía estar puesto allí justo para mí, y empecé a charlar con ellas. Se me olvidó deciros: aunque no sabía sus nombres, ya conocía a cada una de aquellas mujeres de antes.
Por eso sabía que la primera chica, a la derecha de la foto, tenía una gata llamada Momo
que decía, le devolvía el tiempo; aquella sentada a su lado tenía una gatita con grandes ojos verdes y lustroso pelaje negro que se llamaba Cleo y le contestaba a uno con clamorosos miaus cuando se sentía feliz o amenazada; la tercera mujer tenía un enorme minino tuerto llamado Mimi, que era muy pendejo y siempre intentaba escapar; la última, llamó al suyo Azúcar porque le encantaba ir a bailar salsa.
Así que sabía exactamente de qué hablar con ellas y el asunto marchaba más que bien
hasta que la rubia me preguntó de sopetón: «Bueno, ¿a cuál de nosotras vas a invitar a tu casa esta noche para tomar la penúltima?». Huelga decir que se me cayó la mandíbula hasta la altura del ombligo. Estaba intentando dar con una réplica ingeniosa, cuando se levantó y empezó a mover las caderas como si no tuviera un solo hueso en el cuerpo, al son de una música cubana, salida de no se sabe dónde. Vino danzando sensualmente hacia mí y se sentó sobre mis rodillas. Puso su brazo alrededor de mi hombro y me susurró al oído: «Si me eliges a mí, voy a hacerte bailar un mambo que te hará perder el sentido». Después volvió a sentarse junto a sus amigas y se quedó mirándome con una sonrisa maliciosa suspendida en los labios.
Seguía intentando articular palabra cuando la chica con el vestido blanco mejicano vino hacia mí. Esta no se sentó en mis rodillas, pero me cogió de la barbilla, hundió sus oscuros ojos marrones en los míos y murmuró con una voz ronca, pero al mismo tiempo tan suave como el terciopelo: «Si tú quieres, te llevaré a lugares de lo más exótico sin que tengamos siquiera que salir de tu cama». Después se mordió el labio inferior y allí me dejó colgando y soñando despierto en playas de imposible arena.
Pero no habían terminado aún conmigo: la tercera chica se levantó y vino a su vez hacia mi. Debo admitir que, aunque mi vida dependiera de ello, soy incapaz de deciros de qué color eran sus ojos porque los míos se quedaron atascados a veinte centímetros por debajo de su rostro. Sin embargo, no pareció molestarse demasiado por mi falta de delicadeza. Más bien puso sus perfectos y generosos pechos a escasos centímetros de mi nariz. Después se inclinó hacia delante, acercó sus labios a mi oído derecho y maulló suavemente. ¡Os lo juro, lo hizo! Y luego Pasó a mi espalda y me ronroneó en el otro oído.
Huelga decir que en este punto mi cerebro estaba evidentemente fuera de servicio. Toda la sangre de mi cuerpo estaba viajando a la velocidad de la luz hacia otra parte de mi anatomía.
Era el turno de la última chica, y por un instante pensé que, con ese rostro tan dulce, tal vez me concediera algo de tiempo para recuperarme un poco, pero por mi vida, ¡cuán equivocado estaba! Ni siquiera sé si debería repetir lo que me dijo (Mamá, Papá y todos los niños menores de 16, taparos las orejas). Mordió el lóbulo de mi ya calentada oreja derecha y susurró: «Voy a mordisquearte las orejas mientras te monto como si fueras una bicicleta, hasta drenar todo el líquido de ese apretado cuerpecito tuyo».
Os acordáis de que os dije al principio que aquel era un triste cuento. Pues ahora viene, como comprenderán mis colegas, la parte que le dan a uno ganas de romper a llorar.
Después de esa última declaración, me quedé con la cabeza dando vueltas y fui incapaz de pronunciar una sola palabra. No es que busque excusas, pero recordad que mi cerebro estaba falto de riego, así que allí me quedé farfullando «Bueno… Hum… Yo… Vosotras…». Seguí así durante un buen rato, hasta que más o menos se apiadaron de mí. Entonces la madre de Momo me preguntó: «¿Cómo es posible que, teniendo un hombre a una mujer maravillosa delante de sus narices, sea tan sumamente incapaz de tomar una decisión?».
Seguía peleando con mi cerebro para contestar algo, aunque fuera cualquier cosa, cuando se levantaron a la vez para irse, como si fueran una sola mujer. Cuando pasó junto a mí, la que se parecía a la Venus de Botticelli me dio la estacada final con una sonrisa diabólica: «Sabes: antes podrías haber contestado «a las cuatro».
Me quedé allí sentado durante largo rato, en parte porque la decencia me impedía levantarme y en parte porque seguía intentando dilucidar lo que me acababa de ocurrir, pero sintiéndome agradecido de que nadie hubiera asistido a mi descalabro. Pero de nuevo, estaba equivocado porque escuché decir a una dulce voz a mis espaldas: «Bueno, ¡eso fue bastante penoso de ver!».
Giré en redondo y mis ojos toparon con una mujer sentada en un taburete alto de la barra que me miraba con conmiseración: Sally, compañera de trabajo y veterinaria como yo de una vecina clínica para gatos, con la que hacía seis meses que llevaba liándome de vez en cuando, aunque le había dejado claro que el océano estaba lleno de peces y que yo no estaba listo para dejar de echar mis redes por allí. Se levantó del taburete, vino hacia la mesa y recuperó el teléfono con el que yo había tomado la dichosa foto unos minutos antes. Luego me dio unos golpecitos en el hombro y se fue.
¿Por qué os estoy contando esa humillante historia? Pues porque el día que le pedí matrimonio, Sally me hizo prometer que aquel sería mi discurso en el banquete de nuestra boda.
